Mi aún corta experiencia y observación de lo que es nuestro tiempo, me hace pensar que nos ha tocado vivir una época muy extraña. Estamos frente a un mundo que se revuelve y se agita incesantemente frente a nosotros, llevándonos con él, por más que nos queramos mantener fuera de su loco vaivén. Y no me refiero solo al acelerado estilo de vida de estos últimos tiempos. Esta vida acelerada y cambiante parece ser un reflejo de movimientos más profundos. Movimientos culturales, ideológicos, sociales, económicos, etc., que a cada momento van transformando el mundo en algo cada vez más nuevo y diferente. No digo que antes estuviéramos estáticos, sino que ahora parece acelerarse el cambio. Estamos, yo diría, en un punto coyuntural y crítico de este movimiento.
Pues bien, este cambio parece proyectarse en todos los aspectos de la vida humana, pero muy en especial, en el aspecto intelectual y científico. Hoy, las ciencias naturales se enfrentan más que nunca a cuestionamientos que parecen removerlas desde sus más profundos cimientos. Por otro lado, las ciencias humanas y sociales se enfrentan a un cambio, por no decir ausencia, de paradigmas y de estructuras sólidas en las cuales basarse para su reflexión.
En lo que respecta a las ciencias naturales, vemos como conceptos tan tradicionales ya no se sostienen como leyes universales, y se cuestionan los fundamentos mismos de todos los paradigmas fundamentales de la física y la química. En cuanto a la biología, ni aún el genoma descifrado parece suficiente para explicar ciertos fenómenos.
Por otro lado, en las ciencias sociales y humanas, todos los grandes ideales de la modernidad han caído. Ciencias como la sociología y la antropología social descubren sus presupuestos y sus debilidades y se cuestionan a si mismas, en tanto que la filosofía se encuentra ante una ausencia de horizontes claros: En la edad media había un horizonte teológico, en la modernidad un horizonte racional, pero hoy en día ni Dios ni el viejo y gastado logos convencen a nadie, y nos encontramos en un punto en el que no hay una base para la reflexión filosófica.
Esto en lo que concierne al plano intelectual. Pero en el cultural también vemos esta ausencia de grandes paradigmas que orienten nuestra existencia. Por lo menos en occidente, las grandes religiones han perdido fuerza, los sistemas éticos y morales son cuestionados, y los valores que hasta hace poco habían guiado a la humanidad parecen ir muriendo poco a poco. Estamos pues, en un punto de la historia bastante confuso.
Entonces, ¿Qué pasa con el hombre, con cada persona en concreto ante este mundo revuelto y turbio? He aquí que nos encontramos solos, sin nada que nos guíe. Antes creíamos en Dios, teníamos fe. Pero vinieron el racionalismo y el positivismo, y nos dijeron que todo aquello que no se puede probar es falso (o por lo menos no es creíble). Entonces creímos en nuestra razón, y en nuestra infalible ciencia. Pero se mostraron incapaces de explicarnos el mundo en su totalidad. Dejamos de creer en ellas. ¿En que creer entonces? ¿De qué nos sujetamos? ¿Qué hacer, si la religión no convence, la ciencia no llena, la ética y la moral carecen de fundamentos y nos vemos solos en medio de un mar en el que los grandes ideales son sombras difusas que se esfuman con el primer soplo de viento? Estamos ante la nada.
Pues bien, he aquí que esto que a primera vista parece tan terrible y confuso, y expuesto hasta ahora de una forma tan aparentemente pesimista, es una de las mejores cosas que nos puede pasar. Estamos frente a la nada, sí. Pero precisamente por estar frente a la nada es por lo que tenemos posibilidad de movernos hacia donde queramos. No hay camino, estamos frente a un espacio completamente abierto, nada nos limita. Esto nos da la posibilidad de una auténtica autodeterminación, de una verdadera libertad. No hay nada que nos diga el “cómo”, sino que tenemos el campo libre para decidir ese “cómo”.
En esta turbulenta época cada quien ha de construirse sus paradigmas, si es que quiere construirse alguno. Cada quien puede trazar su camino, cada quien puede decidir lo que es. Se puede optar por ser persona de fe, de razón, de acción, de trabajo, de todas estas cosas juntas o de ninguna de ellas. Podemos decidir hacia donde ir, como pensar, en que creer, como actuar. Tenemos la posibilidad de ser libres, de ser cada quien.
Es importante aclarar que no es esta un invitación al relativismo total, sino a un responsable ejercicio de nuestra libertad. El diálogo es fundamental en esto. No podemos ignorar a los demás, pues hacerlo conduciría inevitablemente al conflicto. Pero podemos decidir nosotros mismos y decidir con los demás, siempre dialogando, y respetando la autodeterminación, es decir, las decisiones, de cada persona. Vivir la libertad es también vivir y respetar la libertad de los demás. Y esto no se consigue ni confrontándonos con otros ni ignorándolos. Somos seres sociales y es fundamental que caminemos con los otros, en constante y estrecha comunicación, sin que esto implique que dependamos absolutamente de otros.
Vivimos una época privilegiada, a pesar de lo confusa y difícil que pudiera parecer. En mi opinión muy personal, no durará mucho (pues el hombre es un animal de paradigmas, que los construye y los destruye para construir otros nuevos). Así que aprovechémosla. Vivamos cada quien nuestras convicciones, nuestras ideas, nuestros valores, y cambiémoslos si así lo queremos. Vivamos libres.
En lo que respecta a las ciencias naturales, vemos como conceptos tan tradicionales ya no se sostienen como leyes universales, y se cuestionan los fundamentos mismos de todos los paradigmas fundamentales de la física y la química. En cuanto a la biología, ni aún el genoma descifrado parece suficiente para explicar ciertos fenómenos.
Por otro lado, en las ciencias sociales y humanas, todos los grandes ideales de la modernidad han caído. Ciencias como la sociología y la antropología social descubren sus presupuestos y sus debilidades y se cuestionan a si mismas, en tanto que la filosofía se encuentra ante una ausencia de horizontes claros: En la edad media había un horizonte teológico, en la modernidad un horizonte racional, pero hoy en día ni Dios ni el viejo y gastado logos convencen a nadie, y nos encontramos en un punto en el que no hay una base para la reflexión filosófica.
Esto en lo que concierne al plano intelectual. Pero en el cultural también vemos esta ausencia de grandes paradigmas que orienten nuestra existencia. Por lo menos en occidente, las grandes religiones han perdido fuerza, los sistemas éticos y morales son cuestionados, y los valores que hasta hace poco habían guiado a la humanidad parecen ir muriendo poco a poco. Estamos pues, en un punto de la historia bastante confuso.
Entonces, ¿Qué pasa con el hombre, con cada persona en concreto ante este mundo revuelto y turbio? He aquí que nos encontramos solos, sin nada que nos guíe. Antes creíamos en Dios, teníamos fe. Pero vinieron el racionalismo y el positivismo, y nos dijeron que todo aquello que no se puede probar es falso (o por lo menos no es creíble). Entonces creímos en nuestra razón, y en nuestra infalible ciencia. Pero se mostraron incapaces de explicarnos el mundo en su totalidad. Dejamos de creer en ellas. ¿En que creer entonces? ¿De qué nos sujetamos? ¿Qué hacer, si la religión no convence, la ciencia no llena, la ética y la moral carecen de fundamentos y nos vemos solos en medio de un mar en el que los grandes ideales son sombras difusas que se esfuman con el primer soplo de viento? Estamos ante la nada.
Pues bien, he aquí que esto que a primera vista parece tan terrible y confuso, y expuesto hasta ahora de una forma tan aparentemente pesimista, es una de las mejores cosas que nos puede pasar. Estamos frente a la nada, sí. Pero precisamente por estar frente a la nada es por lo que tenemos posibilidad de movernos hacia donde queramos. No hay camino, estamos frente a un espacio completamente abierto, nada nos limita. Esto nos da la posibilidad de una auténtica autodeterminación, de una verdadera libertad. No hay nada que nos diga el “cómo”, sino que tenemos el campo libre para decidir ese “cómo”.
En esta turbulenta época cada quien ha de construirse sus paradigmas, si es que quiere construirse alguno. Cada quien puede trazar su camino, cada quien puede decidir lo que es. Se puede optar por ser persona de fe, de razón, de acción, de trabajo, de todas estas cosas juntas o de ninguna de ellas. Podemos decidir hacia donde ir, como pensar, en que creer, como actuar. Tenemos la posibilidad de ser libres, de ser cada quien.
Es importante aclarar que no es esta un invitación al relativismo total, sino a un responsable ejercicio de nuestra libertad. El diálogo es fundamental en esto. No podemos ignorar a los demás, pues hacerlo conduciría inevitablemente al conflicto. Pero podemos decidir nosotros mismos y decidir con los demás, siempre dialogando, y respetando la autodeterminación, es decir, las decisiones, de cada persona. Vivir la libertad es también vivir y respetar la libertad de los demás. Y esto no se consigue ni confrontándonos con otros ni ignorándolos. Somos seres sociales y es fundamental que caminemos con los otros, en constante y estrecha comunicación, sin que esto implique que dependamos absolutamente de otros.
Vivimos una época privilegiada, a pesar de lo confusa y difícil que pudiera parecer. En mi opinión muy personal, no durará mucho (pues el hombre es un animal de paradigmas, que los construye y los destruye para construir otros nuevos). Así que aprovechémosla. Vivamos cada quien nuestras convicciones, nuestras ideas, nuestros valores, y cambiémoslos si así lo queremos. Vivamos libres.
DERT
1 comentario:
Ambiguamente, y dejando mucho a la imaginación, pudiera decir que "está bashtante bien". Jejeje. Pues mire, señor Licenciado en Alucinógenos y Psicotrópicos, me parece que su Apología (Apolo-qué?) refleja de forma estupenda el comportamiento de la sociedad mundial actual. Desgraciadamente, me parece que esta época histórica se parece al final de la Edad Media, cuando estaba todo hecho un pinche desmadre. Esperemos, entonces, y siguiendo esa cantaleta viejita de que la historia es cíclica, un Renacimiento donde se nos quite este letargo que lleva vigente por lo menos lo que va del siglo. Luego me extiendo en mis comentarios. Me gustó. Estuvo suavecito como velerito en el mar.
El Inge
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